Dicen que la felicidad no existe,
pero yo la he visto,
ustedes ya quisieran
verla y sentirla y llorarla.
Sé que existe y le agrado
y sonríe, la felicidad.
Es fuerte como una roca,
pero no cualquier roca,
es una que se transforma
en algodón de azúcar
y mariposas en el estómago.
Esta roca jamás se rompe
luego de haberse triturado
a sí misma
miles de veces.
La felicidad también es breve
como un segundo,
como un instante que enamora,
como un relámpago que enceguece,
como un artista decepcionado de sí mismo.
Esta fugacidad no es gratuita,
tampoco es un regalo de los cielos,
esta fugacidad obedece a las incontables veces
de su propia muerte,
cada vez que le hemos dado muerte.
La felicidad es inolvidable,
cala hondo en cada músculo,
en el pelo,
en el pecho,
en la piel.
Deja cicatrices incontables
en la cama,
en el tiempo,
en el ser.
Es una artista de la aventura,
nos pinta soles verdes
y cabelleras celestes,
caballos enfurecidos de entusiasmo
y muslos hermosos entre tus manos.
Esculpe adioses a tus penas,
al cansancio, a la amargura.
Esculpe adioses a tus venidas,
a tu bella muerte, a tu figura.
La felicidad es una entusiasta muchacha
de ojos color caramelo oscuro y sedientas caderas.
Es una joven soñadora
de fuertes brazos,
de torso desnudo
y pequeños labios.
Es una muchacha de tiernos ojos,
de caderas cálidas
y pechos firmes.
Viste con el pelo suelto,
viste con una sonrisa extensa
como la pampa,
viste con la misma muerte en su frente,
viste con vestidos largos y floreados
y zapatos rojos.
La felicidad es tan tuya como mía,
¡es tan de todos!,
es libre como una mariposa,
pero en mis recuerdos es prisionera.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
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