Otra noche normal frente a la máquina de escribir del abuelo. Dos copas de vino francés y una de cerveza, para bajar el aspecto burgués de mi familia. No se de que escribir, no se si contar el odio que tengo por mis hermanas, o recalcar el odio que me tengo desde que partió mi padre a “despejar” conflictos en la casa de campo del tío. (Se fue a tomar y a culear chinas, ¡maldito!)
Pasan las horas frente al perro anaranjado (ese nombre se lo puse después de que me la regaló mi abuelo), no hago nada. Me duelen los pies, no tengo nada que escribir. De repente suenan balas en la calle. Dos tipos borrachos discuten después de la balacera. Nada interesante. Son cosas que pasan cuando no tienen el decoro de dejar de beber. Resuenan un par de balas y se escucha un gemido. No me atrevo a salir por la puerta ni asomarme por la ventana. Más balas. Muchas más balas. No descarto la idea de tomar mi escopeta y salir a ahuyentar al par de borrachos. Una bala golpea mi ventana, me agacho. Corro a la pieza de mi hermana menor que está en el mismo piso que la mía. Entro a gatas y la agarro por el pecho.
- Nada malo va a pasar, - le digo sin preocupaciones - tranquila, las balas están entrando en la casa, pero nada grave va a pasar.
Minutos de balacera y bullicio. Se calma la lluvia de plomo en mi pieza y en toda la casa. No fui el único afectado, la pieza de mi hermana tenía un par de orificios, pero nada preocupante.
- Anda a acostarte – le digo a la pendeja – Ya pasó la cosa.
- ¿Y mamá? – me dice con cara de afectada por una bala.
- Está abajo, pero iré a ver a la vieja.
Bajé lento, por si se ponían a disparar nuevamente. Caminé unos diez metros antes de entrar a la pieza de mi madre, no hay ruido, solamente pasillos de tablas calladas por el polvo. Entré a la pieza.
- Ni sintió el boche esta perezosa. - dije mientras miraba a mi alrededor.
La vi tapada, durmiendo como un ángel embetunado con caca. Nada sutil. Me acerco y le tomo la cabeza. Está fría. Los sesos se cuelan entre mis dedos. La sangre brota aunque el corazón ya no lata. Mi hermana baja la escalera rápidamente.
- ¿Y mi mamá? – Me dice con voz afectada, como si el gemido lo hubiese reconocido como de ella.
- Nada grave hermana, te dije que nada grave iba a pasar.
martes, 20 de enero de 2009
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