martes, 26 de febrero de 2008

Desde ese banco

Ya hacen años desde que me senté en este banco. Todavía cursaba tercero medio y mi adicción al cigarrillo recién comenzaba. No eran tiempos muy difíciles, en efecto, ese año y el anterior fueron los más felices de mi vida. Ese día de primavera (y pongo primavera no como algún tipo de metáfora alegando felicidad, mas bien la suscribo como eufemismo de lo que en realidad estaba ocurriendo) nos sentamos a contemplar nuestras miradas en ese ventanal-espejo que ocupaba casi toda una muralla en un antiguo edificio en Bulnes 185.

Es extraño mirarme ahí, solo, hoy, no por que me faltes tú, sino por que hago lo mismo que hacía aquel día. Ese día mirábamos nuestros rostro como buscando la mirada que nos correspondía por derecho como enamorados, hoy miro mis ojos para encontrar la “mirada perdida” (según yo) que abandonó por completo mi rostro al despuntar el alba mientras leía unos escritos de mi amigo Raúl.

Miro fijamente mis ojos vítreos reflejados en aquella muralla vieja.

Una anciana se sienta a mi lado y comienza a contarme la desgracia de su día. Dice que el mundo está loco, que el mal se apoderó de la vida de cada uno de las personas que viven en Santiago y que no hay más remedio que encerrar a todos los “desgraciados” que manchan la belleza de la ciudad. Le pregunto, sin dejar de mirar mis ojos, buscando eso que se que encontraré, sí es que le había robado algo, a lo que ella me contesta que si e inmediatamente supe por que acababa de decir eso. Le comento que lo que ella siente no es más que una reacción lógica a lo sucedido hace pocos momentos, que el mundo siempre nos va a decepcionar, por cada una de las cosas malas que nos pasan, pero lo que sucedió es un hecho aislado dentro de toda su vida, ya que hay más momentos de tranquilidad (por que no quiero decir felicidad) que de tristeza. Todos nos decepcionamos alguna vez, le perdemos el cariño a todo lo que está fuera de nosotros, y es solamente decepción momentánea dado un hecho fortuito. Termino diciéndole que se tranquilice y que mañana será un buen día.

Silencio escandaloso.

La anciana no me decía palabra alguna. Comienzo a dudar si es que entendió en lo más mínimo mis palabras. Después de unos momentos irrecuperables la anciana me comienza a decir que estuvo dudando el que alguien le bailara con esas palabras, ya que sabía y tenía en conocimiento todo lo que yo le acababa de decir, peor que sólo un detalle, dice ella, diferencia mis pensamientos de los tuyos, que los separa y los destruye. Yo se que lo que ocurrió hace unos momentos es sólo una mancha en el mantel, dice, que no deshace toda mi vida y tampoco me hace olvidar la felicidad de haber tenido hijos, pero la diferencia recae en que yo pasé toda mi vida amando a todos los eres humanos y todas las cosas que me rodean, las he cuidado y dediqué la mayor parte de mi vida para que hubiese un cambio, para que no ocurriera lo que me acaba de pasar a mi y este hecho demuestra que todo lo que hice con mi vida y de mi vida no valió nada. Es por eso que no te imaginas siquiera una parte milimétrica de mi pesar.

Agarra su bulto y se marcha de la banca.

No dejo de mirar mis ojos en el ventanal-espejo, pero se me ocurre mirar a la anciana mientras avanza, sólo por curiosidad. Lentamente aparto mis ojos de mis ojos y viro buscando los suyos. En la esquina está parada esperando el transporte. Mueve la cabeza de un lado a otro como desesperada. No puedo cazar sus ojos con mis ojos. Voltea la cabeza hacia la banca, mi banca, y como un león cansado busco sus ojos y los encuentro.

Y nada.

Esa es la mirada que buscaba, la mía hace ayer, la mía que me abandonó esta mañana.

Pero qué puedo hacer, no se la voy a robar, no me dan los músculos ni la inteligencia para robarle de vuelta la mirada a la anciana.

Han pasado sesenta y seis años ya desde que cursaba tercero medio, desde que me senté por primera vez en esa banca.

Ya no necesito una mirada, ya ni siquiera creo en ella, tal vez por eso me dejó. Ya no me queda nada en la vida, ni una mirada de esperanza, o una de felicidad. Tal vez por eso perdí la mirada, no hay esperanza ni felicidad en mi vida. Lo último que perdí fue aquello del amor, tal vez por eso aquella anciana tenía mi mirada, pero tal vez ya no necesito el “amor”.

Silencio escandaloso.

Me acomodo en la banca, tomo mi cuaderno, mi pluma y comienzo a escribir: “Ya hacen años desde que me senté en este banco. Todavía cursaba tercero medio y mi adicción...”

1 comentario:

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