lunes, 14 de julio de 2008

La casa de un tal Asterión.

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?”

I.

En la mañana fría del 23 de febrero de 1956 Radamián se levantaba de su cama casi como todos los días, por que ese día sería diferente, comenzará como interno en el sanatorio de San Fermín. Se duchó y comió su desayuno, repleto de ansias y futuros inciertos. Viajó como lo iba a hacer el resto de sus días hacia su trabajo, tomó la autopista y, al llegar, se apresuró en presentarse en la oficina del director de la institución.
Ahí vio a un hombre de unos 70 años, con una bata blanca con algunas pequeñas manchas amarillentas como si se hubiera derramado algunos químicos encima hace algunos pocos lavados atrás.
El viejo miró al nervioso nuevo interno y dijo:
- Bienvenido al sanatorio “Terra eorum”.
- Gracias – le respondió con nerviosisimo – Espero que mi trabajo en esta institución sea de su agrado.
Luego de una pequeña presentación comenzaron a conversar sobre los distintos pacientes de los que tenía que encargarse.
- Algunos de nuestros pacientes son bastante especiales, no los consideraría a priori como orates. Le recomiendo que primero los conozca y después emita algún tipo de comentario valórico sobre sus enfermedades y disposiciones.
- Gracias, espero con ansias conocerlos y enfrentar sus tan especiales miradas.
Terminando esta conversación, el director le pasó un mapa y las cartillas de sus pacientes para que fuera inmediatamente a conocerlos.
- Debes traerme informes diarios sobre las actividades y conversaciones que puedas mantener con los pacientes.
- Eso haré, no se preocupe.
De ahí salió raudo y ansioso por conocer a los hombres con lo que pasaría el resto de sus días de ejercicio profesional.
Mientras iba en la mitad de su camino se sintió un poco perdido, notó que el edificio estaba construido de manera extraña, un poco caótica, entonces recordó que el director le había facilitado un mapa junto con las cartillas de los pacientes. Tomó los papeles y buscó el mapa. Al momento de mirarlo se quedó perplejo cuando notó que todos los pasillos estaban conectados de una u otra forma, así como un laberinto, un laberinto informe y total. Demasiado intrincado para mí – pensó – creo que iré a buscar al director para que me enseñe el camino. Pasó largo rato buscando la oficina antes que se dijera a sí mismo que estaba perdido.
- ¿Dónde estaré? Ni siquiera el seminario era tan laberíntico como este edificio.
Siguió caminando por casi una hora hasta que se topó con una puerta abierta.
- Ahí debe haber alguien que pueda ayudarme.
Entró a la pieza y vio cuatro camas recién hechas. En la pieza había diversos papeles esparcidos, por todos lados, uno sobre otro, uno pegado al otro, de distintos colores y formas, algunos rasgados, otros enteros. Las murallas no eran murallas como tal, eran collages de fotos e imágenes de revistas y cámaras antiguas esparcidas en todo el espacio. Entró en la pieza tapizada de realidades y comenzó a escudriñar entre los papeles tirados en el piso. En ese momento encontró algunos que estaban escritos con una letra casi ilegible y otras con letra de imprenta. Tomó algunos de estos textos que estaban tirados por ahí y trató de leer pedazos. Palabras sin coherencia brotaban entre los papeles, salían nombres que no le hacían sentido, y acciones que, sin una buena argumentación, no parecían posibles.
Luego de un rato aparecieron cuatro personas que entraron bruscamente por la puerta.
Uno de ellos dijo con una voz suave:
- ¿Quién eres tú y qué haces en nuestra cárcel?
- Yo soy el nuevo interno del hospital. Mi nombre es…
Súbitamente uno de los hombres interrumpió:
- No nos interesa tu nombre, eso lo sabremos con el tiempo, ahora queremos saber quién eres tú y que haces aquí.
- Por eso te digo que mi nombre es…
- ¡Y dale hombre, no seas testarudo! Tu testarudición te llevará a ningún no lado.
Con esa frase se dio cuenta que no estaba hablando con enfermeros o empleados de limpieza, sino que con personas enajenadas, medias perdidas en la gramática; era por eso que sus palabras no le hacían sentido.
Ya sin nerviosismo y con un tono más profesional, les dijo:
- Yo soy un hijo de Dios y me perdí, por eso es que llegué a sus aposentos.
- Sabemos lo que eso – le respondió uno de los hombres - Nosotros solíamos jugar a que nos perdíamos cuando recién llegamos.
Radamián los miró largo rato y les preguntó sus nombres. Ellos respondieron al unísono y gritando, entonces el nuevo interno les dijo que se calmaran y que hablaran de a uno.
- Yo soy Néstor. Me gusta hacer maquetas, como esas que están ahí.
El tipo señaló con el dedo un montón de cerámicas con figuras de greda que no decían nada ni se podían leer algo en ellas.
Entonces el interno le preguntó con una voz pacífica y cavilante:
- ¿Y eso qué sería?
- Ese es mi pueblo – Se acerca a las cerámicas – Esta es mi casa que quedaba al lado de la oficina de correos. Me gusta enviar cartas. Las tengo todas guardadas en esas cajas.
- O sea, ¿nunca las haz mandado?, ¿Tiene destinatario?
Mirando al doctor, como un niño mira a su madre la primera vez que le manda a comprar, le dijo con una voz de incomprensión y amargura:
- No se a lo que se refiere. Siempre llegan a su destino. Bueno, así me gusta pasar mi tiempo, creando y recreando mi tierra y el mundo por el que he viajado.
El interno mira nuevamente los pedazos de greda esparcidos en la cerámica y se vuelve a decir que ahí no hay nada que ver, que no hay nada parecido a la creación de Dios. Obviamente no podía decirle eso a los enfermos, por lo que sólo lo dejó en sus pensamientos.
- ¿Y qué hay con los demás?
Todos se miraban como tratando de hablarse de quién iba primero a hablar y como se lo decían para que entendiera, hasta que uno rompió con el silencio y le dijo con una voz muy grave:
- Yo soy Judá León, y también me gusta hacer con greda, pero yo no hago hermosos paisajes, sino que hago la gente que estará viviendo ahí. – Muestra con su dedo una pila de greda sin formas humanas pero ordenadas como pequeños pelotones – Ahí están los hombres que viven y viven.
Sin mucho atino y con tono un poco burlón le pregunta:
- ¿Y esos hombres caminan y te hablan?
El segundo hombre le mira con la misma cara de incomprensión que el primero y le responde con gravedad:
- ¡¿Acaso no acabo de decir que viven?!
Los otros enfermos lo miran alterados, le dicen que se calme y miran al doctor como tratando de decir que esto no pasa todos los días, que lo comprenda tal y como lo comprenden a él.
Pasaron minutos de tensión entre ellos, el doctor interno no sabía que hacer en su primer día, se sentía perdido todavía, como en otro lugar del sanatorio. No podía creer los collages que habitaban las murallas y los papeles que estaban en el suelo. Después de unos minutos el doctor, siempre con su tono de seriedad docta, les pregunta:
- ¿Y los otros dos, acaso no tiene ganas de presentarse?

II.
No le contestaban y lo miraban como si lo que fueran a decir no lo comprendería y serían palabras mal gastadas. El doctor meditaba sobre lo hereje que podía resultar estar loco, no podía comprender cómo podían pensar que son capaces de crear realidades y, para más remate, que vivieran. Todo lo que le habían planteado hasta el momento parecía contradecir con lo que él había aprendido en el seminario.
- El hombre no puede jugar a ser Dios – pensaba -, aunque algunos ya lo habían intentado, sobre todo poetas, quienes siempre han sido los hacedores por excelencia. La intrincada mente de un orate no dejaba espacios para la realidad, entonces tratan de crear a partir de una fantasía. Creerse Dios no es correcto, por que en el juicio final pasarán por pecadores y herejes. Pobre de ellos que viven en una fantasía, al otro lado de Dios, con Dios y tratando de ser Dios.
Luego de un rato de miradas inconclusas y pensamiento ortodoxos, uno de los enfermos lanzó una mirada a la muralla y al piso como buscando algo. Después miró los papeles que tenía el doctor en las manos y se lanzó en picada a agarrarlos. El doctor medio asustado soltó todos los papeles, incluyendo el mapa y las cartillas y el enfermo las agarró y estrujó contra su pecho.
- Mi amor – decía -, casi te pierdo de nuevo, no me dejes solo que yo muero.
El doctor le pregunta a Néstor a quién le hablaba cuando decía amor, a lo que este le responde:
- Es Marilyn Monroe, acaso no ve. Este tipo fue su pareja, hace años atrás, cuando era presidente de los Estados Unidos. Nunca más la volvió a ver, desde que le mandó aquellas pastillas para dormir. Siempre dibuja su rostro en trozos de papel y todas las noches besa una foto que tiene en su bolsillo.
El doctor le pide con una voz muy suave al enfermo que se encuentra a sus pies, si es que le puede mostrar uno de sus dibujos y la foto que lleva en su bolsillo. Con un poco de recelo el paciente le pasa un papel hecho jirones y le muestra desde lejos una foto grande de la cara de Marilyn. El doctor mira las dos imágenes y se da cuenta que la del papel no se parecía para nada a la de la foto. Allí había una imagen indescriptible y demasiado sin sentido de lo que supuestamente era aquella bella mujer, estaba aun más vacía que el retrato fotográfico.
- Esto no es nada – dice el doctor – aquí no está aquella mujer de la que te enamoraste, hay alguno garabatos impuestos en el papel. No tiene sentido seguir guardando estas cosas, tienes que verlo con tus propios ojos.
Los pacientes no podían de dejar de mirarlo con un signo de exclamación en sus rostros, el que luego se convirtió en un signo de interrogación. Se pusieron a gritar, histéricos e incontrolables. En ese momento pasó el director por fuera de la habitación en donde estaba el doctor. Los pacientes se callaron. El director entró y los pacientes se sentaron en sus camas. El recién llegado le dice al interno:
- Veo que conociste a tus pacientes. Son un cuarteto bastante interesante. ¿Se han presentado ya?
- Si señor, - responde el interno - casi todos, me falta aquel de la camiseta azul.
El director mira al paciente recién señalado.
- Él es el Ciego. No ve nada y se la pasa callado. Hay veces en que pienso que como no ve la realidad no tiene nada que decir. Todas las imágenes le son inaccesibles, no tiene acceso a la realidad, entonces se quedó en su fantasía, y ni siquiera la puede ver.
Los pacientes se quedan mirando a los dos y el llamado Ciego se para en un pié y dice:
- Yo si puedo ver, sólo que ustedes no pueden ver lo que yo veo. Además, no estoy en un mundo de fantasía, esto es realidad, es realidad, es realidad ¡ES REALIDAD!
Se tira al piso y comienza a tener convulsiones. El nuevo doctor se lanza a agarrarlo para que no se fuera a golpear con algo. El director, ni los otros pacientes se mueven. Miran el espectáculo como comunes espectadores. Con unos ojos negros y profundos, el director mira al nuevo interno y le dice que lo dejé en paz, y Radamián lo suelta. El Ciego se incorpora en una cosa de dos segundo y se hecha a reír. El nuevo doctor, muy preocupado y un poco molesto le pregunta al director:
- ¿Por qué hace ese tipo de cosas?
- Pregúntale a él – dice el director-.
- ¡Hey Ciego, dime por qué haces esas cosas!
- Por que me gusta simular ataques de epilepsia, por eso es que lo hago. A quién no le gusta simular.

III.
Ya pasada unas cuantas horas, el doctor estando en su oficina,comienza a revisar los papeles que pudo recuperar de la pieza de los enfermos. Entre estos ve un papel escrito a máquina, como sacado de un libro, entonces comienza a leerlo:


“Desde ese banco. [Monsieur le Prince]

Ya hacen años desde que me senté en este banco. Todavía cursaba tercero medio y mi adicción al cigarrillo recién comenzaba. No eran tiempos muy difíciles, en efecto, ese año y el anterior fueron los más felices de mi vida. Ese día de primavera (y pongo primavera no como algún tipo de metáfora alegando felicidad, mas bien la suscribo como eufemismo de lo que en realidad estaba ocurriendo) nos sentamos a contemplar nuestras miradas en ese ventanal-espejo que ocupaba casi toda una muralla en un antiguo edificio en Bulnes 185.
Es extraño mirarme ahí, solo, hoy, no por que me faltes tú, sino por que hago lo mismo que hacía aquel día. Ese día mirábamos nuestros rostro como buscando la mirada que nos correspondía por derecho como enamorados, hoy miro mis ojos para encontrar la “mirada perdida” que abandonó por completo mi rostro al despuntar el alba mientras leía unos escritos de mi amigo Raúl.
Miro fijamente mis ojos vítreos reflejados en aquella muralla vieja.
Una anciana se sienta a mi lado y comienza a contarme la desgracia de su día. Dice que el mundo está loco, que el mal se apoderó de la vida de cada uno de las personas que viven en Santiago y que no hay más remedio que encerrar a todos los “desgraciados” que manchan la belleza de la ciudad. Le pregunto, sin dejar de mirar mis ojos, buscando eso que se que encontraré, sí es que le había robado algo, a lo que ella me contesta que si e inmediatamente supe por que acababa de decir eso. Le comento que lo que ella siente no es más que una reacción lógica a lo sucedido hace pocos momentos, que el mundo siempre nos va a decepcionar, por cada una de las cosas malas que nos pasan, pero lo que sucedió es un hecho aislado dentro de toda su vida, ya que hay más momentos de tranquilidad (por que no quiero decir felicidad) que de tristeza. Todos nos decepcionamos alguna vez, le perdemos el cariño a todo lo que está fuera de nosotros, y es solamente decepción momentánea dado un hecho fortuito. Termino diciéndole que se tranquilice y que mañana será un buen día.
Silencio escandaloso.
La anciana no me decía palabra alguna. Comienzo a dudar si es que entendió en lo más mínimo mis palabras. Después de unos momentos irrecuperables la anciana me comienza a decir que estuvo dudando el que alguien le bailara con esas palabras, ya que sabía y tenía en conocimiento todo lo que yo le acababa de decir, peor que sólo un detalle, dice ella, diferencia mis pensamientos de los tuyos, que los separa y los destruye. Yo se que lo que ocurrió hace unos momentos es sólo una mancha en el mantel, dice, que no deshace toda mi vida y tampoco me hace olvidar la felicidad de haber tenido hijos, pero la diferencia recae en que yo pasé toda mi vida amando a todos los eres humanos y todas las cosas que me rodean, las he cuidado y dediqué la mayor parte de mi vida para que hubiese un cambio, para que no ocurriera lo que me acaba de pasar a mi y este hecho demuestra que todo lo que hice con mi vida y de mi vida no valió nada. Es por eso que no te imaginas siquiera una parte milimétrica de mi pesar.
Agarra su bulto y se marcha de la banca.
No dejo de mirar mis ojos en el ventanal-espejo, pero se me ocurre mirar a la anciana mientras avanza, sólo por curiosidad. Lentamente aparto mis ojos de mis ojos y viro buscando los suyos. En la esquina está parada esperando el transporte. Mueve la cabeza de un lado a otro como desesperada. No puedo cazar sus ojos con mis ojos. Voltea la cabeza hacia la banca, mi banca, y como un león cansado busco sus ojos y los encuentro.
Y nada.
Esa es la mirada que buscaba, la mía hace ayer, la mía que me abandonó esta mañana.
Pero qué puedo hacer, no se la voy a robar, no me dan los músculos ni la inteligencia para robarle de vuelta la mirada a la anciana.
Han pasado sesenta y seis años ya desde que cursaba tercero medio, desde que me senté por primera vez en esa banca.
Ya no necesito una mirada, ya ni siquiera creo en ella, tal vez por eso me dejó. Ya no me queda nada en la vida, ni una mirada de esperanza, o una de felicidad. Tal vez por eso perdí la mirada, no hay esperanza ni felicidad en mi vida. Lo último que perdí fue aquello del amor, tal vez por eso aquella anciana tenía mi mirada, pero tal vez ya no necesito el “amor”.
Silencio escandaloso.
Me acomodo en la banca, tomo mi cuaderno, mi pluma y comienzo a escribir: “Ya hacen años desde que me senté en este banco. Todavía cursaba tercero medio y mi adicción...”

IV.
- ¿Qué significará esto? ¿Qué es eso de mirar a los ojos y encontrar? Es algo parecido a buscar a Dios. ¿Se le habrá perdido Dios al escritor? Eso no puede ser posible, Dios está en toda la creación, en todas las cosas, tal y como lo dice la sagrada escritura. Dios no está fuera de la tierra, es la misma y todo lo demás, aunque por sobre todo es el misterio.
El doctor se para de su escritorio y va a la pieza de sus pacientes. Después de largo rato de pasar por esos pasillos laberínticos que no llevan a ningún lado pero a la vez a todos, llega a la pieza de sus enfermos, entonces abre la puerta y ve a los cuatros que están tirándose greda los unos a los otros.
- ¿Se puede saber que están haciendo?
- Estamos creando – dice Néstor -.
- Eso es destruir, no crear.
- Acaso no sabes nada – alega quien se hace llamar Judá León – Esto sale en la biblia, nosotros también somos hijos de Dios y Dios como tal, entonces tenemos todo el derecho de destruir lo que queramos, sobre todo si es nuestra creación. Además, no estamos destruyendo de verdad. ¿Qué es eso de verdad? Acaso es verdad eso que está creado, eso que nosotros creamos o todo, acaso es verdad que se busca la verdad.
- No todo es verdad – Dice el médico – hay cosas que son fantasía o desvaríos de gente enferma, así como ustedes.
- Nosotros no estamos enfermos – dice el Ciego - y menos yo, por que estoy ciego, pero te puedo asegurar que mejor que tu de lo que estamos hablando.
- ¿Ah si?, entonce dime de lo que estamos hablando.
- Estamos hablando del cuento que me robaste.
- Como habrá sabido el Ciego que yo había sacado un cuento, - piensa el doctor - si él no puede ver. Tal vez se lo dijeron sus compañeros de habitación. Eso debe ser. Tu ni siquiera sabes que cuento saqué – le dice el doctor al Ciego -, no puedes ver cual te saqué y estoy seguro que ni siquiera es tuyo, por que tu no puedes leer.
- ¿Quién más limitado que usted? ¿Acaso es necesario tener ojos para ver? La realidad no existe, por eso me he quedado ciego. Esto que presencias es otra cosa, es un juego, un juego del cual dios no puso las reglas, sino los hombres. En realidad, los hombres quitaron las reglas a todo juego, así como arrasaron con los significados y el fondo de todo, y esas cosas pituitarias.
- No me importa eso, sólo quiero saber que hacían y que dejen de hacerlo por que están armando un gran alboroto.
Los pacientes dejan la greda en el suelo y dicen al unísono que bueno, dejarán de hacerlo. Se comienzan a mover por la habitación de la misma forma, como si todos fueran parte del mismo ser. Hacen los mismos movimientos, cometen los mismos errores y producen los mismos sonidos. Qué será esto, se pregunta afligido el doctor. Dentro de él comienza a palpitar un corazón alterno al suyo y se asusta. Las fotos de la muralla se agrandan y las ve como si fueran paisajes palpables y presentes, realidades nuevas y complejas, realidades a partir de ficciones y realidad. Se levantas distintas Marilyn desde el suelo y comienzan un baile incesante de erotismo empedernido. Ya no hay diferencia entre realidad y ficción. Las imágenes no tienen forma, está dentro de las imágenes.
- ¿Qué es esto? – pregunta el agobiado doctor - ¿Por qué me siento como si no estuviera realmente? Pero se ve todo tan real, los paisajes, el sol, toda la creación de Dios, pero, ¿Cuál es su sentido? ¿Qué significan todas estas imágenes que me inundan?

¡NADA!

V.
- Señor director – dice el doctor a su colega – ya dejó de delirar aquel paciente de la pieza Nº 1986. Estuvo toda la mañana jugando con aquellos círculos para formar un nombre, pero no lo ha conseguido…nuevamente. Después comenzó a hablar cosas sobre algo llamado Dios y que lo había creado todo y que era parte de todo, usted sabe, lo usual en este tipo de enfermos. Versó algunas palabras que anoté en mi cuaderno: “En la hora de angustia y de luz vaga/ en su Golem sus ojos detenía/ ¿Quién nos dirá las cosas que sentía/ Dios, al mirar a su rabino en Praga”. No se que significarán, pero salieron de su boca.
- Tú sabes que no significan nada, así que olvídala y dale un poco de medicina. Lleva como dos semanas aquí y tiene más aventuras y aberturas que todos lo que estamos en el hospital juntos.
- Se como son estas cosas señor. El paciente Radamián está ahora amarrado a la cama y sigue versando y contando historias de vida, como si fuera un gran hacedor.
- Muy bien Néstor, lo haz hecho bien este día, anda a tu casa y descansa.
- Gracias señor, eso haré.



VI.
- ¡Radamián despierta que llegarás tarde al trabajo! – Le dice su mujer mientras prepara el desayuno- .
- Lo se amor, y no puedo llegar tarde en mi primer día.

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Nota del editor: Estos extractos se encontraron después de la caída de catorce casas en el cerro Barón en Valparaíso, el día 16 de Junio del año 1982 y se publican en este libro conmemorando a los muertos en aquella tragedia.

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