jueves, 19 de julio de 2007

Visita de la muerte.

"[...]-Ahí arriba, ahí está la cosa -es lo primero que pensé al momento que tuve problemas, pero en realidad no era ahí la respuesta, estaba aquí abajo, donde la gente muere, donde la gente vive, donde la gente nace. Recuerdo aquel día en que llegó Ramiro a mi casa. No tenía la sonrisa que siempre ostentaba cuando llegaba a mi casa, independiente si traía ese ron de contrabando que tanto nos gustaba beber. Ese día llegó y, como nunca lo había hecho, le ofrecí algo de tomar. Él me dijo que bueno, le pregunté que le gustaría, a lo que me respondió algo que no me esperaba: "Dame una taza de té". A Ramiro no le gustaba el té, decía que lo relajaba mucho y no lo dejaba pensar, sólo dormitar y enajenarse con la música de Orfeo. Lo detestaba. En Viña del Mar nos hizo saber a todos, de muy mala manera, que no le gustaba el té. Hacía frío y todos queríamos algo caliente, tal vez la marihuana nos había dejado friolentos, menos a él. Ramiro no quería tomar cosa alguna, decía que iba a matar la fiesta. No le hicimos mucho caso, de todas formas le serví una taza de té. Ahí fue cuando nos dijo, mientras me lanzaba el jarro por la cabeza: "¡No me gusta el té por la mierda!, ¡son porfiados lo hueones!". De ahí en delante creo que dejé de fumar marihuana. Pero eso no importa en estos momentos, Ramiro quería té, esto se venía grave, se venía con una densidad que sólo le hacía contrapeso el hierro que ostentaba en esos momentos como pierna, por causa de la guerra.

Mientras le servía la taza de té, gritó desde el living:"Échale una cucharada de café también". Ahí me tranquilicé un poco, por que Ramiro disfrutaba el café tanto como el buen sexo. Desde el principio hasta el final, luego quedaba como una ardilla, completamente hiperquinético y bueno para la poesía, como sólo él podía. Muchas veces le dio por escribirse en el estómago, o escribía algo y luego nos decía que se los transcribiéramos a su espalda, como si no hubiese otra manera de sentir la poesía más que en la piel y en estómago. De todas formas no estaba tan tranquilo, por que nunca había escuchado una combinación tan estúpida como café con té, creo que de saber horrible, aunque en lo personal no me gusta mucho el café. Pero viniendo de Ramiro me parecía muy normal, por que desde que su madre comenzó con esa enfermedad que la tenía en cama ha estado demasiado anormal, aunque si lo pienso bien Ramiro nunca fue normal. Le eché la cucharada de café, si, al fin, él se lo iba a tomar, no yo. Cuando terminó de hervir él agua noté que Ramiro ya llevaba tres cigarrillos. Algo andaba mal pensaba en esos instantes, algo muy malo, pero no sabía si preguntarle o dejar que él saltara solo con su problema.

Pero también le gusta mucho fumar, creo que desde que le pasé unos poemas de Nicanor Parra, ahí comenzó su vicio, nadie sabe por que, parece que lo marcó profundamente. Así que no debía preocuparme por que fumara tanto, si al final la culpa es mía.

Ya cuando estaba echando el agua a la taza, Ramiro me dice con una voz de poeta maldito, una voz que creo podría estremecer hasta a Baudelaire y Poe. Me dijo:" Además del té y el café, échale un par de colillas de cigarro y lo revuelves hasta que todo quede como uno". Me eché a reír, pensando que era broma, pero cuando lo miré y vi su mirada firme en el cenicero que estaba en la cocina comprendí que era verdad, que todo lo que estaba diciendo era lo que quería. Se notaba un poco más muerto que vivo. No estaba como cuando llegó a mi casa a ofrecerme un par de revistas por un par de botellas hace como veinticuatro años atrás cuando éramos niños. Ahí lo vi por primera vez, era como un zancudo, ahora es como un zombi, creo que está así por lo de la mamá, pero no quiero decir nada todavía.

Recuerdo cuando escribió su primer libro de poesía, había un poema que decía algo parecido a lo que me acaba de pedir, algo así que cuando su madre muriera él iría la casa de su ángel guardián y le pediría un té con café y un par de cigarros revueltos. ¡Demonios!.

Cuando hube terminado la mezcla que se veía asquerosa yo ya sabía que pasaba, pero no sabía que decirle, no sabía si abrazarlo, o si darle mis pésames. Él no me había dicho nada todavía, yo sólo estaba suponiendo, no quería pasar vergüenzas.

Agarré la taza de mezcla rara, que al final no tenía un olor tan desagradable, y se lo llevé. Cuando lo vi en el living estaba sentado en el sillón más viejo, aquel que siempre ocupó desde pequeño, aquel que tenía su olor, o tal vez el sillón le había dado el olor a él. Le pasé la taza y le pregunté: "¿De qué murió tu madre?, a lo que Ramiro me respondió con una voz de verdugo, una voz que me hacía cómplice, una voz que declaraba mi muerte. Me miró fijamente a los ojos y me dijo:" De SIDA"[...]"

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