A Mariposa.
Tu ya no me quieres.
Me lo dijiste,
te leí muy bien.
Pero recuerdas,
sé que supiste lo que se sentía estar así,
lo que se siente estar así
en todas las conjugaciones posibles
del tiempo
y del espacio
y de la soledad.
Y recuerdo
verte sobre ti misma,
a lo largo y a lo corto del espacio.
Recostada sobre lo verde de ti misma,
con algunos manchones cafés,
si mal no recuerdo.
Parecías volar
si te sacamos a ti misma.
Pero no mirabas al horizonte,
sino que te mirabas con mucha atención,
como si cada segundo de esa mirada
fuese un minucioso anuncio
de ti misma
sabiendo algo de ti.
Tu mano tenía ese lápiz.
Desangrado y putrefacto.
Y recuerdo que te hacías.
Trazos cortos y largos como tú.
Como el espacio.
Y te mirabas toda.
Eso te mantenía divertida y distraída de ti,
al mismo tiempo.
Yo no soy divertido
y siempre preguntaba.
La gran maldición del hombre es querer certezas.
A veces hay que tirarse al vacío para ser eternos.
Pero eras tan feliz
que te dejé
en todas las formas posibles.
Hasta te dejé navegar
junto a mi
por esas aguas negras de profundidad
y del misterio divino
de aquellas mariposas
que solías,
como yo,
tener en el estómago
y que hoy han volado más lejos de lo que pueden volver,
por allá detrás de la cobardía
y de la abulia.
Pero estoy aquí,
escribiéndote;
Tal vez fuiste realmente,
honestamente importante.
Tal vez trascendente.
Tal vez.
No quiero volver a verte.
Es que dañas la fibra que creí más resistente,
la que sostiene a la locura frente a la realidad.
Tal vez por eso dueles tanto.
Tal vez.
Tal vez.
Pero aún así termino de escribir esto
y sacarte de mi cabeza.
Tú entenderías.
Tú comprenderás.
Creo en ti.

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